lunes, 4 de noviembre de 2013

¿Está añeja la diferencia entre izquierda y derecha?

Estamos ante una elección presidencial con 9 candidatos, de los cuales 2 corresponden a los grandes pactos que han dominado la política postdictadura y 7 a candidaturas alternativas. Cuando a estas últimas se les pide definirse dentro del espectro político tradicional izquierda/derecha, a menudo responden señalando que tales categorías están obsoletas, ya sea desde una posición ecléctica de "tomar lo mejor de cada lado" y disputar así el "centro", o desde una posición crítica hacia ambos polos.

Comoquiera que sea, el lugar común de las candidaturas alternativas es la crítica al elitismo del "duopolio", que es como denominan a las dos grandes coaliciones de la política chilena. Se acusa a esta élite política de pactar todo a espaldas de la ciudadanía, sin que existan diferencias profundas entre un bando y otro. Las principales líneas argumentativas que sustentan esta acusación son las siguientes:
  • Indiferenciación moral. Ambos pactos enfrentan acusaciones graves de corrupción, conflictos de interés y escasa renovación de sus cuadros políticos. En suma, desde malas prácticas (al decir del precandidato Velasco) hasta delincuencia de cuello y corbata (al decir de Miranda).
  • Indiferenciación en el modelo de desarrollo. La Concertación no sólo administró el modelo económico heredado de la dictadura, sino que lo profundizó, teniendo como consecuencia el aumento de la desigualdad y la degradación de la educación, la salud y el ambiente en beneficio del lucro de una minoría.
  • Indiferenciación en el modelo político. El gobierno de Ricardo Lagos modificó la Constitución del 80, pero mantuvo inalterados los mecanismos que permiten a la derecha vetar cualquier cambio profundo en la institucionalidad.
  • Indiferenciación en la práctica respecto de los problemas de derechos humanos. La diferencia histórica frente a la dictadura y específicamente a las violaciones a los derechos humanos, aparece como una dramatización a la que se recurre en episodios de polarización, pero que no tiene consecuencias en la acción. La Concertación pactó cierto grado de impunidad con los militares, al punto que, paradójicamente, es el gobierno de derecha el que cierra el Penal Cordillera por mantener en condiciones privilegiadas a condenados por delitos de lesa humanidad. Más grave aún, se acusa a los gobiernos de la Concertación de continuar violando los derechos humanos en el marco del conflicto mapuche, entre otros casos.
  • Indiferenciación valórica. Ambos pactos mantienen una polémica interna respecto de temas como el aborto, la despenalización de la marihuana y el matrimonio homosexual, donde se enfrentan sectores liberales y conservadores. En rigor, esta crítica no implica que ambos bandos sean iguales, sino que las diferencias en estos temas llamados valóricos no están alineadas con las diferencias entre coaliciones; son diferencias al interior de cada pacto. De hecho, el eje liberal/conservador no se corresponde tan claramente con el eje izquierda/derecha como con la diferencia intergeneracional, esto es, entre jóvenes y viejos. El liberalismo en los valores no necesariamente va junto con, por ejemplo, una crítica al modelo económico; pero sí sucede que el conservadurismo más duro se encuentra justamente en la ultraderecha.
La crítica antielitista subyace a declaraciones tan disímiles como "no soy político" (Parisi) o "soy pueblo" (Miranda). Si la izquierda y la derecha son contendores en una arena política controlada, arreglada para un espectáculo que mezcla golpes reales y fingidos sin jamás cuestionar la estructura ni a los dueños del circo, entonces la  primera definición política es de una candidatura es si tiene un lugar permanente en la institucionalidad o tiende a ser excluida por ella.

La línea divisoria entre la política institucional y la política excluida fue trazada en la Constitución del 80 y permaneció intacta tras la reforma de 2005. Por lo tanto, el duopolio ha jugado dentro de las reglas establecidas en dictadura, que permiten a la derecha ejercer un veto eficaz sobre las propuestas de su adversario. Así fue que la Concertación se vio forzada durante sus dos décadas de gobierno a negociar todas las iniciativas con la derecha, independiente de si sus iniciativas eran o no de tinte izquierdista. Esta situación permitió a la derecha mantener su perfil ideológico, mientras que el de la Concertación se tornó ambiguo. En consecuencia, el duopolio es una entidad derechizada, simplemente porque funciona dentro de las reglas diseñadas por Jaime Guzmán en dictadura.

Esto también tiene un correlato en la ciudadanía: no sólo la indiferencia política ha aumentado después del retorno a la democracia; también esa indiferencia es mucho más aguda en los sectores de menos recursos. Mientras la derecha logra la adhesión mayoritaria de los segmentos más acomodados de la sociedad, la izquierda no logra en la misma medida la adhesión de los segmentos más populares. El polo ideológico derechista es el único claramente definido y representativo de un sector de la sociedad. En cambio, el polo ideológico izquierdista se diluye en la ambigüedad o se fragmenta en perspectivas definidas pero minoritarias.

Puesto que el duopolio es una entidad derechizada, el situarse "fuera" y a la "izquierda", puede resultar electoralmente contraproducente porque finalmente cristaliza para las mayorías en "ultraizquierda", es decir, en una posición demasiado lejana al centro, que es la mesa de operaciones de la democracia. Una agrupación ultraizquierdista no se sienta a la mesa, sino que patea el tablero; por consiguiente, no cosecha más que migajas en las elecciones. Quienes se presentan a elecciones no tienen incentivo para definirse "izquierdistas" si ya son afuerinos, a menos que su propósito sea testimonial o discursivo. La ultraderecha no enfrenta esta dificultad porque no está fuera de la institucionalidad, sino refugiada en lo más recóndito de la misma, promoviendo el veto a las transformaciones profundas. Y está allí debido a la acción histórica de poderes fácticos, oscuros, que no dan cuenta a la ciudadanía de sus actos.

¿Qué pasa entonces con la tradicional división entre izquierda y derecha? En primer lugar, esta diferencia se debilita al interior de la institucionalidad porque hace jugar a ambos bandos bajo las reglas creadas en dictadura, filtrando la actividad legislativa según el criterio de la derecha y aislando o expulsando del sistema político a los disidentes. Para diferenciarse de la derecha en la política chilena, es necesario desafiar la barrera de entrada generada por la Constitución dictatorial; hasta ahora, quien ha llegado más lejos en esta dirección ha sido Enríquez-Ominami en la elección presidencial 2009.

En segundo lugar, la crisis de identidad de la izquierda se debe también a que, después de quedar huérfana de los referentes de la Guerra Fría, ha emergido una multiplicidad de demandas de transformación social que hasta ahora no han podido converger en un tronco común. Aunque algunas de estas demandas están siendo recogidas en el programa de la Nueva Mayoría, que además incluye ahora al Partido Comunista, otras siguen quedando al margen, particularmente las que tienen que ver con conflictos socioambientales que afectan directamente a los intereses del gran capital (empresas mineras, pesqueras, forestales, de energía y agroquímicas). En consecuencia, la izquierda seguirá existiendo dentro y fuera, articulándose desde la institucionalidad que la debilita y tejiéndose desde los movimientos sociales.



viernes, 2 de agosto de 2013

Noche en la ciudad: el fracaso del modelo sociocultural de Jaime Guzmán



El modelo sociocultural de Jaime Guzmán fracasó antes de que su sistema político entrara en crisis y que su modelo de desarrollo se cuestionara públicamente.

Ese modelo sociocultural es el de una gran comunidad jerarquizada, integrada a través de la adhesión a un estilo de vida religioso y moralizante, unificador de una sociedad con roles nítidamente diferenciados para hombres y mujeres, ricos y pobres. Una sociedad donde se ejerce un fuerte control psíquico, por lo que su unidad fundamental no es el individuo, sino la familia, como establece la Constitución del 80, pues es la encargada de formarlo. Un estilo de vida que Jorge González captó con notable agudeza en la canción “Noche en la ciudad” (Los Prisioneros, álbum “Corazones”, 1990).

Este era el ideal de Jaime Guzmán. El sistema político que él diseñó siempre ha sido apenas un instrumento, un mecanismo de defensa contra las fuerzas que amenazan la supervivencia y la eventual expansión de esa gran comunidad, que recuerda a los colonos alemanes en el sur de Chile.

El modelo de desarrollo que Milton Friedmann y los Chicago Boys implementaron en Chile, en cambio, tiene una inspiración muy diferente: la creencia de que el Estado es la máxima amenaza para la libertad del individuo, que se entiende ante todo como una libertad económica. Pues es esa libertad la que se considera capaz de generar algo, a saber, la riqueza o el desarrollo, a diferencia de unas libertades políticas que parecen más bien abstractas y estériles.

El modelo sociocultural conservador y el modelo de desarrollo neoliberal están casados por conveniencia bajo la institucionalidad diseñada por Jaime Guzmán.  No hay entre ellos una afinidad electiva como la que Weber descubrió entre la ética protestante y el espíritu del capitalismo. El catolicismo del gran empresariado chileno no motiva comportamientos económicos virtuosos, sino que incluso parece estar en la raíz de algunos vicios.

La amenaza de un Estado demasiado poderoso, que para Hayek, padre del neoliberalismo, era sobre todo el Estado nazi, Jaime Guzmán no la veía tanto en un Estado fascista como en un Estado marxista. En su lucha contra la Unidad Popular, abrazó el fascismo considerándolo un mal menor que el marxismo. La Unidad Popular es el enemigo común, la excusa para que los neoliberales redujeran y saquearan al Estado chileno y para que Guzmán le impusiera la camisa de fuerza de una Constitución que permitiría transitar hacia una democracia a medias, restringida, calibrada para sobrerrepresentar a los conservadores.

Así, el sistema político chileno fue concebido para impedir una nueva Unidad Popular, como un reflejo invertido de ésta. Si antes un tercio del electorado pudo elegir un gobierno revolucionario, ahora un tercio del electorado puede vetar cualquier transformación profunda. Las reglas del juego favorecen a la minoría conservadora. ¿Y a qué juegan ellos? A un modelo de desarrollo cortoplacista, no sustentable, donde se busca la acumulación rápida de capital a partir de la sobreexplotación de recursos naturales y su transformación en activos financieros. Todo esto legitimado, en un principio, por el estilo de vida de los ricos conservadores religiosos.


Si Jaime Guzmán no hubiera sido asesinado, habría podido presenciar la descomposición de la élite conservadora a partir de los años noventa bajo los embates sucesivos de: 1) los nuevos ricos o arribistas que invadieron los lugares de residencia y vacaciones tradicionales de la clase alta; 2) la globalización de las telecomunicaciones y sobre todo Internet, que volvió impotente a la censura local; 3) la consagración del laicismo político, con las elecciones de un presidente agnóstico en cuyo mandato se aprobó la ley de divorcio, y de una mujer presidente, madre y soltera;  y 4) los escándalos sexuales que expusieron el lado sombrío de la gran comunidad, empezando con el caso Spiniak y marcando un hito con el caso Karadima.


Las sombras de la comunidad estuvieron ahí desde hace décadas. Mientras Jaime Guzmán formaba a los jóvenes líderes de la Unión Demócrata Independiente en seminarios impartidos en Colonia Dignidad, allí mismo se practicaban sistemáticamente abusos sexuales a niños y adolescentes. Se configuraba una realidad dual, un sistema que produce a la vez civilización y barbarie y donde hay operadores que actúan y hacen transacciones entre ambos mundos, personas que hacen el “trabajo sucio” para que otros puedan lucir y sentirse puros, como los matarifes que hacen posible que una señora de alcurnia pueda comer su filete bien cocido, sin vestigio de sangre ni de violencia. Guzmán supo de la existencia de la barbarie, personificada en Manuel Contreras, pero pienso que nunca comprendió cabalmente su conexión íntima y tal vez necesaria con la civilización que él valoraba. La derrota de su modelo sociocultural es la principal evidencia de ello: si hubiera comprendido la necesidad profunda de la barbarie para sostener esa clase de civilización represiva, si hubiera percibido la densidad de las sombras que lo rodeaban, habría sabido que su lucha por la gran comunidad era vana y sería instrumentalizada por los poderes económicos. Pero no podía comprenderlo sin iluminar sus propias sombras: las sombras de su relación con el cuerpo y la sexualidad.


"Es una noche ideal en la ciudad
la gente reza en sus mesas con gran piedad
todas las cosas que se hacen son por amor
y sólo esposos y esposas bajo el signo del señor

Control remoto y el sillón la tranquilidad
al final de la jornada qué comodidad
sin elementos negativos salvajes y tal
que nos alteren el programa que elegimos usar

Todos vecinos, todos sanos,
todos comiendo cosas ricas
sin decisiones de esas gentes
que no aportan a la vida 

Y sin moteles sin borrachos sin ociosidad
sin la mentira ni el engaño ni la falsedad
y a las doce todos deben reposar
para mañana en la mañana madrugar

Es una noche ideal de la ciudad
como si fuera una tarjeta de navidad
es tan justa la gente, es tan de su hogar
que no puedo aguantar las ganas de vomitar" 


(Jorge González)


miércoles, 1 de mayo de 2013

Sobrecalentamiento de la política. Los dos grandes errores estratégicos de la clase política chilena.

Los dos grandes errores estratégicos de la clase política chilena han sido acortar el período presidencial de 6 a 4 años sin relección (2005) y pasar el voto obligatorio con inscripción voluntaria al voto voluntario con inscripción automática (2012).

¿Por qué se abrevió el período presidencial sin permitir la reelección? El argumento oficial a favor de un período de 4 años es que así las elecciones presidenciales y parlamentarias pueden ser simultáneas, pero esto no explica por qué se mantuvo el impedimento a la reelección. Como fue una reforma discutida y aprobada en el último año de gobierno, lo más probable es que haya estado muy influida por cálculos electorales. Para el entonces presidente Ricardo Lagos, que en ese momento gozaba de altísima popularidad pero no podía reelegirse, acortar el próximo mandato sin duda facilitaría su regreso a La Moneda. 
Hasta el momento, la derecha jamás había ganado una elección presidencial postdictadura, por lo que permitir la reelección no la favorecía en absoluto. En ese momento, Michelle Bachelet ya era la candidata del oficialismo con una insólita popularidad en las encuestas, pero no era reconocida como líder natural dentro de su propia coalición, que más bien la utilizaba como mascarón de proa para seguir en el poder. 
En ese escenario, todos estuvieron de acuerdo en que el próximo período presidencial mejor pasara rápido. Tanto Lagos como la derecha estimaron que en 2010 tenían su mayor chance de ganar el gobierno. Pero Lagos se equivocó rotundamente, pues dejó una bomba de tiempo. La fallida puesta en marcha del Transantiago generó un malestar tan grande en la población capitalina, que destruyó su popularidad en pocos meses. El fracaso del sistema de transporte público ideado por Lagos implicó un comienzo durísimo para el gobierno de Bachelet, que sólo pudo abordar su propio programa de gobierno, la red de protección social, mucho después. Pero en tanto Lagos sepultó definitivamente su popularidad, Bachelet recuperó e incrementó la suya. Irónicamente, la reforma que pavimentaba el camino de regreso de Lagos al poder, sirve ahora para que Bachelet retorne en 2014.

Más allá de los cálculos políticos correctos o incorrectos, el período presidencial de 4 años sin reelección fue un profundo error de la clase política, porque aceleró la dinámica electoral y redujo las posibilidades de los gobiernos de sacar adelante políticas de largo plazo. Entre la instalación de un gobierno y la campaña electoral para el siguiente, sólo hay entre uno y dos años de verdadera concentración en las políticas públicas.
Hacer elecciones más seguidas es pedirle más a la ciudadanía y darle menos. Es pedirle más porque el voto responsable supone atención, información y discriminación entre alternativas, es decir, supone una carga moral que las personas pueden aceptar total o parcialmente, o bien rechazar. Es una petición de legitimidad que tensiona la relación entre los ciudadanos y la política. Y es darle menos porque, al haber elecciones más seguidas, los gobiernos se ocupan menos de sus labores públicas y más de la supervivencia electoral.


Esta mayor exigencia de legitimación es una semilla de autodestrucción en una institucionalidad política que no fue generada ni validada consensualmente y que mantiene mecanismos de representación política altamente distorsionados como el sistema binominal, que si bien no se aplica a la elección presidencial, limita seriamente las posibilidades de un gobierno para hacer cambios profundos. Es como pedirle al ciudadano que participe más frecuentemente de un juego donde los dados están cargados. Si la presidencia de la república fuera inmediatamente reelegible, ese ejercicio podría hacerse sin esfuerzo en la medida en que el ciudadano sintiera que todo está bien; y si no fuera así, tendría sentido ejercer el derecho a elegir para producir un cambio.
Si en estas condiciones, el ciudadano puede abstenerse de votar, es probable que lo haga. Y esta abstención no será por conformidad, sino por disconformidad: por el sentimiento de que las cosas están tan mal, que el voto no tiene sentido alguno. Y aquí entramos al segundo error de la clase política: la inscripción automática con voto voluntario.


¿En qué estaban pensando los parlamentarios al aprobar la inscripción automática y el voto voluntario? El argumento para la inscripción automática es bastante obvio. Al abrirse los registros electorales al término de la dictadura, la población en edad de votar se inscribió masivamente, alcanzando una tasa del 88.9% en la primera elección presidencial. Desde entonces, esa tasa tendió a disminuir hasta llegar a un 68.0% en las elecciones de 2009. Esa disminución no se atribuyó únicamente a un desinterés creciente en la política, sino también a que la obligatoriedad del voto actuaba como disuasivo: si se te ocurre inscribirte porque la próxima elección tiene sentido para ti, estarás para siempre obligado a votar, bajo amenaza de multa. La inscripción voluntaria debía luchar entonces contra la resistencia a comprometerse de por vida con el voto, pero incluso antes de eso, contra la pereza y la postergación constante frente a las prioridades de la vida cotidiana. Volverla automática eliminaría este obstáculo.

Mantener la obligatoriedad del voto una vez que la inscripción se ha vuelto automática podría parecer una carga moral excesiva para la población. El voto pasaría de ser un derecho a ser un deber. Aun así, el voto obligatorio mantiene la opción de anular o votar en blanco. Lo que asegura la obligatoriedad es que ese voto nulo o blanco no se confunda con la pereza ciudadana. ¿Por qué los parlamentarios no siguieron este camino, que en principio garantiza la estabilidad del sistema?

Mi respuesta es que aquí también influyeron los cálculos electorales de corto plazo. La clase política, en especial la derecha, temió que la inscripción automática incorporara al electorado al segmento de la población menos conservador y potencialmente más desestabilizador: los jóvenes. Como también es el segmento menos interesado en las elecciones, el voto voluntario fue la válvula de escape para que ese segmento se quedara en su casa y no alterara los cálculos electorales.
Y esto fue otro error. Porque si bien se cumplió que la participación electoral de los jóvenes fue baja en las elecciones municipales de 2011, no por ello los cálculos fueron correctos. El escenario de voto voluntario hace más probable que se abstengan quienes no tienen preferencias políticas claras o no le hallan sentido a votar, despejando el camino para la expresión de movimientos sociales que no necesariamente logran sensibilizar a la mayoría pero sí formar una masa crítica. Esto no funciona necesariamente a favor de la izquierda; eventualmente podría favorecer al sector de la UDI que apuesta a socializar políticamente a las capas populares en una subcultura fanáticamente religiosa y conservadora. Pero por el momento, el efecto del voto voluntario es agregar una cuota importante de incertidumbre al valor predictivo de las encuestas y perturbar los cálculos electorales basados en ellas. Es decir, todo lo contrario de lo que la clase política buscaba al aprobarlo.

Mi conclusión es que estos dos crasos errores estratégicos conducen al sobrecalentamiento de la política: la clase política demanda cada vez más legitimidad a una sociedad que cada vez produce menos. El plazo para enfrentar esta situación no es infinito:  mientras la presión ciudadana sigue creciendo, cobra últimamente fuerza la tesis del sobrecalentamiento de la economía, agravada por la sospecha fundada de que la inflación está subestimada. La estabilidad política que todavía tenemos (la estabilidad macropolítica) puede tener corta vida si el pilar de la economía también se desploma.








viernes, 22 de febrero de 2013

La sociedad y sus monstruos. Pederastia y pedofilia.


Es común que las noticias de abuso sexual infantil motiven comentarios indignados en las redes sociales, pero llama la atención ver comentarios del mismo tono cuando el delito es almacenamiento de pornografía infantil. Como esto puede ser la señal de una predisposición a la caza de brujas, es decir, a la persecución indiscriminada, vale la pena reflexionar sobre la diferencia entre pederastia y pedofilia; sobre todo porque el término “pedofilia” suele usarse indistintamente para denominar lo uno y lo otro.

La pedofilia es la atracción erótica y sexual hacia niños o niñas. Puesto que la madurez sexual es más temprana que la mayoría de edad legal, podemos hablar de pedofilia en sentido estricto para referirnos a la atracción hacia niños y niñas hasta la pubertad, distinguiéndola de la atracción por adolescentes (efebofilia).  En cambio, la pederastia es la conducta sexual hacia niños o niñas, que puede ir desde la seducción hasta la violación. Todo pederasta es un pedófilo, pero no todos los pedófilos son pederastas porque pueden mantener su inclinación sexual en la fantasía, obteniendo alguna satisfacción sexual mediante la masturbación y el uso de pornografía.

La pedofilia y la pederastia también se confunden a menudo con la homosexualidad, especialmente en el ambiguo terreno de la efebofilia, puesto que el o la adolescente puede ser legalmente menor de edad, pero biológicamente maduro o madura para ejercer su sexualidad. Sin embargo, la homosexualidad y la pedofilia se distinguen muy nítidamente en el ámbito jurídico-político. Mientras la homosexualidad, como inclinación y como práctica, está crecientemente legitimada en las sociedades modernas, la pedofilia y la pederastia salen cada vez más a la luz como perversiones que constituyen una amenaza para la sociedad, como algo que hay que exponer, perseguir y condenar.

Hace algunas décadas, la homosexualidad y la pederastia probablemente compartían un mismo status como perversiones. ¿Por qué la homosexualidad ha podido legitimarse y la pederastia no? Ambas son condiciones que aparentemente escapan a la libertad del individuo, ya sea que se les explique por factores congénitos o como trastornos del desarrollo. Lo que los individuos sí podrían elegir es ejercer su sexualidad de acuerdo con esa disposición, o bien reprimirla, sublimarla o desviarla hacia una sexualidad convencional, aunque sea poco satisfactoria.

El potencial de legitimación de las inclinaciones y prácticas sexuales no surge de esta libertad de segundo orden, sino de la desvinculación de la sexualidad respecto de un pretendido modelo natural. Este modelo no se ajusta a la naturaleza empírica, sino a una interpretación de la función de la sexualidad en la naturaleza, que no es otra que la reproducción como fin supremo y no el gozo, que sería un mero intermediario. Derrocada la tiranía de la reproducción, la sexualidad puede ejercerse de manera mucho más libre, pero todavía va a estrellarse contra los límites del derecho liberal: nadie puede ser obligado a una relación sexual que no desea tener. Para que una relación sexual sea legítima, debe contar con el mutuo consentimiento de los participantes y, a la vez, éstos deben ser sujetos capaces de discernimiento. La homosexualidad se legitima en cuanto cumple con estos requisitos, pero la pederastia no puede cumplirlos mientras la ley establezca que los menores de edad no tienen ese discernimiento.

En el derecho liberal, la legitimidad de cualquier práctica sexual se define negativamente. No necesita ser acorde con la naturaleza o con cualquier ideal que se promueva, sino simplemente no violar la libertad y la reciprocidad del consentimiento. Hay todavía un límite más, que se aplica a las prácticas que formalmente son consensuales y entre adultos, pero que son tan extremas que pueden suscitar la duda sobre el discernimiento del involucrado, por ejemplo, si dañan la integridad física del individuo.

La pederastia puede ser seducción del menor de edad por parte del adulto, y entonces es ilegítima por la falta de discernimiento y el abuso de poder que supone, los cuales son difíciles de demostrar empíricamente pero se configuran así por deducción a partir de principios. Si se trata de un adolescente, el caso puede ser empíricamente más ambiguo todavía, pues la búsqueda sexual de aquél o aquélla podría hacer mutua o inversa la dirección de la seducción, pero los principios seguirían aplicándose. En cambio, la pederastia que es violación, en que el adulto fuerza al menor a una relación sexual, no admite ninguna duda respecto de su ilegitimidad y es probablemente esta situación la que funciona como prototipo para la condena pública de la pedofilia en general, como tipificación de la monstruosidad sexual.

La monstruosidad, que quiere decir “desproporción”, está en la actividad sexual dirigida hacia un individuo que no ha alcanzado la madurez sexual, como primera asimetría, y se refuerza con la asimetría de poder que es la ventaja física del atacante adulto. Violar a un niño o niña es monstruoso en ambos sentidos, incluso si el victimario es un adolescente legalmente menor de edad. La monstruosidad es mayor cuanto más pequeño es el niño o niña y cuanto más viejo es el victimario.

Pero si la pederastia es tipificada más allá de la ley como una práctica monstruosa, entonces el  pedófilo convive a diario con la amenaza de lo monstruoso. Como en la licantropía, el sujeto no eligió su condición, fue algo que le sucedió; puede funcionar normalmente en sociedad hasta que se presenta la circunstancia que lo metamorfosea en depredador. El ejemplo no es casual, ya que está relacionado con el cuento de Caperucita Roja. ¿Qué debe hacer el pedófilo, este licántropo moderno, para lidiar con su condición? ¿Es sólo un monstruo que hay que perseguir, como sucedió antes con los homosexuales? ¿La imposibilidad de legitimar la pederastia implica asimismo la persecución y el ostracismo del pedófilo?

La sociedad no sólo debe hacerse cargo de la necesidad imperiosa de proteger a la infancia, sino también de su responsabilidad en la creación de monstruos. Parte de esa responsabilidad tiene que ver con intervenir, regular o limitar las actividades que contribuyen a presentar de manera erotizada la infancia con fines comerciales o incluso a que niños y niñas adopten prematuramente actitudes con significado sexual. Pero también hay otra parte que concierne al modo de tratar la pedofilia, que en ausencia de mayores distinciones, es un modo inquisitorial que expande la monstruosidad innegable de la violación infantil a cualquier forma de pedofilia, condenando al individuo aun si no actúa como pederasta. Si la pedofilia se entiende como una condición potencialmente dañina para la sociedad y disfuncional para el individuo, entonces debe ser identificada lo más prematura y menos coercitivamente posible; una vez identificada, se debe abordar con medidas de contención, control y terapia al alcance del individuo que experimenta esta condición y que puede tomar conciencia de su implicancia moral. Esto no puede suceder si lo único que hay es una persecución indiscriminada, donde todos podemos sospechar de todos y donde simplemente no hay lugar ni caminos de redención para quien padece esta maldición.

jueves, 10 de enero de 2013

La compasión adulterada: dog lovers, ecofascistas y sacerdotes

¿Qué podrían tener en común estas tres frases?

- Cuanto más conozco a la gente, más amo a mi perro.
- Los seres humanos somos una plaga; deberíamos desaparecer y dejar a la naturaleza en paz.
- Es más grave el aborto, que es un asesinato, que el abuso sexual de un sacerdote contra un niño.

Estas tres frases tienen que ver con la compasión humana o con su carencia. 

Compasión que escasea en un mundo que no sólo tiene muchas miserias, sino que además se encarga de transmitir todos los días, varias veces al día, una selección de los peores acontecimientos de la comunidad local, nacional y mundial, sin un mínimo contrapeso de noticias positivas, supuestamente porque éstas causan menos impacto. Frente a la tragedia desplegada en los medios, ya sea en abstracto, dejada en gran parte a la imaginación, o hecha carne, concretizada a través de las imágenes crudas del sensacionalismo, de un modo u otro acabamos desarrollando un mecanismo de defensa, una insensibilidad paramédica que inhibe las emociones que son la base de la compasión, salvándonos de sufrir recurrentemente. Y aunque esta anestesia no sea total, confina nuestra sensibilidad emocional a las experiencias con personas más cercanas o con las cuales nos identificamos.

La compasión no es una sintonía emocional limitada a las personas con las que ya tenemos una relación afectiva, sino que puede extenderse a todo el género humano e incluso a otros seres. No es meramente un afecto, sino que penetra en el mundo de los valores, es decir, de aquellos juicios con significación emocional que tendemos a aplicar universalmente. Esto quiere decir que si yo siento compasión por los animales, debería sintonizar emocionalmente con la suerte de todos los animales o al menos de todos aquellos con los que comparto un cierto dominio de experiencia (perros, gatos y caballos, por ejemplo, en vez de estrellas de mar, corales, moscas y planarias).

Si esto no sucede, si yo en realidad sólo soy sensible a la suerte de los perros pero soy indiferente a los caballos y odio a los gatos, entonces lo que siento no es compasión o es sólo un rudimento de ella. Simplemente, me estoy identificando por algún motivo inconsciente con ese animal, quizás porque lo asocio con la lealtad incondicional, en tanto que en mi cultura se dice que los gatos son traicioneros y mi experiencia  personal me dice que los seres humanos tampoco son confiables.

Eso es, en parte, lo que sucede cuando alguien dice "cuanto más conozco a la gente, más amo a mi perro". Pero hay algo más. Resulta más fácil amar a un perro que a un ser humano, pues el perro no habla, no discute, no cuestiona cómo manejo mi vida. Su repertorio de conducta es mucho más básico que el de un ser humano, incluso comparado con un niño pequeño. Está subordinado dentro de una relación amo/mascota, por más que se le quiera humanizar. No sería lo mismo tratar con su versión silvestre, el lobo, que no está subordinado y culturalmente hemos definido como enemigo de la civilización. Es decir, si amo a mi perro y detesto a la humanidad, entonces no soy capaz de relacionarme de manera emocionalmente sana con iguales y, en cambio, necesito a un ser de menor jerarquía, que pueda amoldar completamente a mi ego.

Si extiendo mi sintonía emocional a toda la naturaleza y me convierto en un ser que ama el paisaje, la flora y la fauna del planeta, pero a la vez detesto a la humanidad porque la contamina, la depreda y la destruye, entonces tampoco es compasión lo que siento. Yo mismo soy parte de la humanidad y de la naturaleza. La naturaleza no es sólo el paraíso que idealizo; en ella también hay destrucción, depredación y situaciones que desde la perspectiva humana son trágicas o crueles. Así como el misántropo dueño del perro proyectaba todas sus carencias emocionales en él, el ecologista extremo o ecofascista diviniza la naturaleza para adecuarla a las necesidades su ego y demoniza la humanidad por amenazar ese paraíso. La diferencia está en el nivel de abstracción, porque mientras el "dog lover" define su neurosis a partir de una relación concreta, el ecofascista la generaliza como ideología, donde aparece como una inversión de los valores. Con esto afirmo que la genuina compasión hacia la naturaleza sólo puede surgir como una expansión de la compasión hacia la humanidad, pues de lo contrario niega su propia raíz y se convierte en querer ser algo distinto de lo que se es, en deshumanización o ecología materialista, anti-espiritual.

Un paso más allá en la perversión de la compasión, está el argumento sacerdotal de que es más grave el aborto que el abuso sexual infantil, lo que de paso, le daría autoridad a la Iglesia Católica para seguir defendiendo políticas "pro vida", es decir, contrarias no sólo al aborto sino a la mayoría de las formas de contracepción, pese a la ola de acusaciones y de condenas a sacerdotes por abusar sexualmente de niños y de adolescentes. Aquí es más que evidente la inversión de los valores, aunque en la discusión pública suelen estar ausentes los argumentos que lo demuestran. Pese al uso de filosofías escolásticas y trasnochadas para sostener lo contrario, es bastante evidente que ser humano no es una condición dada, no es simplemente la aparición de un patrón genético dado por 23 pares de cromosomas, sino un proceso de humanización que comienza cuando se completa ese patrón en los gametos. Un óvulo fecundado es menos humano que un embrión; un embrión es menos humano que un feto; un feto es menos humano que un bebé recién nacido. Y aunque el bebé ya es suficientemente humano para incorporarlo en nuestro mundo sensorial y emocional, se vuelve todavía más humano a medida que se va desarrollando y desplegando cualidades cada vez más específicamente humanas. ¿En qué punto de este proceso se puede trazar un límite que distinga entre lo que es pre-humano (más vertebrado o más mamífero que específicamente humano) y lo característicamente humano? Esa es una pregunta de difícil respuesta, con una solución probablemente arbitraria. Pero en cambio, para el campesino menos instruido es bastante evidente que un niño de 10 años es más humano que un embrión en gestación y valorará la vida de cada uno en consecuencia con este saber.

Para la Iglesia Católica, esta distinción no se puede hacer:  teóricamente, todas las vidas valen igual. En la práctica, valen más las vidas de los seres humanos en gestación, incluso en su fase unicelular, que las vidas concretas de los niños y de los adultos, pues despliegan más energía en defender el derecho a la vida de los primeros que los derechos más específicamente humanos de los segundos, es decir, derechos civiles. Aquí tampoco hay compasión, sino una ideología perversa donde lo humano se cosifica, se reduce a mera existencia biológica dada de una vez y hasta la muerte por una decisión divina que no puede ser contrarrestada ni siquiera por el propio sujeto, al que se le niega el derecho a quitarse la vida. Así se completa la deshumanización, en nombre de unos valores que simplemente ponen todo cabeza abajo.


sábado, 22 de diciembre de 2012

La obsesión del fin del mundo

Se podrían distinguir dos versiones del “fin del mundo”  o “fin de los tiempos”: una moderada que plantea el fin de un mundo/tiempo y el comienzo de otro, y otra radical que plantea que es el final definitivo, que deja de haber un mundo/tiempo. En realidad, hay infinitas versiones según el alcance que cada cual le dé al concepto de “mundo”, desde la aldea o el barrio, pasando por la ciudad, el país y las grandes culturas, hasta el planeta, el sistema solar o el universo en cualquier escala conocida o supuesta. Si un volcán arrasa con una aldea aislada, eso puede ser el fin del mundo para sus habitantes. Y sucede que el alcance del “mundo” puede variar enormemente entre las personas que habitan el mismo planeta, el mismo país o incluso una misma ciudad. Es así que el mundo puede acabar para unos y empezar para otros.

Nos imaginamos un mundo inmenso y vivimos uno mucho más pequeño. También nos imaginamos una larga historia, pero vivimos una brevísima vida.

¿Por qué entonces tanta gente parece estar obsesionada con el supuesto fin del mundo el 21 de diciembre de 2012? Porque para mucha gente el pequeño mundo y el breve tiempo que les ha tocado vivir está lleno de malestar, frustración y desesperanza. Porque nuestro mundo, nuestra civilización, ya no están dibujando futuros a los que quisiéramos arribar o al menos heredar a nuestros descendientes. Cuanto más estrecho sea el mundo que vivimos, más querremos que se termine, porque será una liberación. Aunque tengamos que morir, no moriremos solos sino todos juntos y a la vez. Es por eso que el fin del mundo no es un proceso gradual, sino un acontecimiento súbito y definitivo, con fecha precisa. Una muerte limpia sin agonía.

Cuanto más pequeño sea el mundo que vivimos, más sentiremos nuestra vida como un destino inevitable, sin alternativas, sin posibilidad de renacimiento, reinvención o renovación. Y así temeremos y desearemos a la vez el fin del mundo. Nos aferraremos a cualquier cuenta regresiva. El mundo no acabó el año 100, ni el 1000 ni el 2000 de ninguna versión del calendario occidental, pero podemos emigrar otros sistemas de referencia, como el calendario maya.

Otras personas se aferran a estas fechas por un motivo distinto: prepararse para un cambio cósmico en el que unos sucumbirán y otros serán transformados y salvados. Creen en un cambio de era radical, que justifica hablar del fin del mundo y del tiempo en cierto plano de la existencia. Creen que todo el lastre negativo y materialista de este mundo será  dejado atrás a partir de un momento bien determinado. Y este proceso será igualmente inexorable, como un cambio físico que operará  más allá de nuestra voluntad.

En un mundo que hace crisis en tantos aspectos, todos podemos sentir a ratos el temor a que ocurra una catástrofe de dimensiones bíblicas o la esperanza en una transformación repentina y positiva de la humanidad. No es sólo la sugestión del calendario, sino la vivencia de procesos profundos de transformación que no sabemos si son para bien o para mal, la que influye en el ánimo de las personas y las empuja a veces al delirio. Por eso, estos son tiempos para estar tranquilo y a la vez alerta.

sábado, 15 de diciembre de 2012

La crisis de la motivación


Entre los diversos sentidos de la idea de que "el modelo está en crisis", hay uno tan obvio que a menudo pasa desapercibido: el déficit de motivación. Un modelo no es sólo un arreglo cualquiera capaz de permitir el funcionamiento de una sociedad o de sus subsistemas, sino también un modo de ser al que se aspira. Si el modelo está vigente, es porque colectivamente "queremos ser como" lo que en él se plantea. No necesariamente todos ni la mayoría, pero sí una masa gravitante.

¿Cómo queríamos ser? Según el discurso público, un país desarrollado a la manera de Estados Unidos. No un país latinoamericano, sino un país del Primer Mundo o sus clubes de países de moda. Ser una excepción dentro de la región, más que parte de ella. También miramos como modelo a España, importando políticas y ferrocarriles de segunda mano. Por eso es que la crisis económica del Primer Mundo nos deja necesariamente, por un tiempo, huérfanos de modelo.

El modelo chileno consistía en ser un alumno experimental de los Estados Unidos. Al interior del país, esto se trata de acceder a altos niveles de consumo a partir de una alta dedicación al trabajo. En esto consiste el espíritu competitivo chileno: obsesionarse con el trabajo, al margen de si se hace o no con racionalidad y eficiencia, y obsesionarse con los símbolos de status que se transan en el mercado. Dar y recibir, pero siempre a través del mercado.

No todos acceden a puestos de trabajo que permitan el incremento de remuneraciones capaz de ampliar la capacidad de consumo. Tanto unos como otros recurren al doble ingreso familiar para cubrir sus nuevas necesidades, es decir, que en una típica familia nuclear tanto el padre como la madre trabajan. Por si esto no fuera suficiente para asegurar el poder adquisitivo, existe el crédito, en especial el de las casas comerciales. Así, mientras la adicción al trabajo empobrece la vida personal y familiar por un lado, el sobreendeudamiento deteriora la salud emocional por otro, incubando ambos un creciente malestar.

El déficit de motivación se hace patente en una ruptura generacional. Las nuevas generaciones sienten que sus padres viven para trabajar y los presionan a estudiar para reproducir el mismo modo de vida. Si en la dictadura los chilenos postergaban el acceso a los bienes materiales, ahora que muchos de esos bienes son asequibles aquí y ahora, lo que está postergado es la propia vida, la felicidad de las experiencias cotidianas que no van a ninguna otra parte, sino que descansan en sí mismas. Y así los padres y madres descubren que sus hijos e hijas no consideran feliz su modo de vida, es decir, no los ven como un modelo a seguir.

Por supuesto, esta crisis motivacional no se expresa en que las personas dejen de comprar, pues los motivadores del consumo siguen vigentes, sino en un fenómeno menos perceptible que no queda recogido en las cifras crudas de venta: el debilitamiento de la aspiracionalidad. El consumo se está liberando progresivamente de su carácter competitivo, de su confinamiento a símbolo de status, y ganando en posibilidades de significación ajenas al dinero, independiente de las escalas de ingreso. Esto implica también que el modelo de negocios basado en cobrar caro por un bien al que pocos pueden acceder, empieza a ceder terreno frente al modelo de negocios basado en una oferta que da acceso masivo al bien y a la vez lo va diferenciando no sólo por escala de precio, sino también por adecuación a diferentes tipos de consumidores. Un proceso que no es nuevo, pero que avanza más rápido que nunca gracias a la socialización digital. Pues en las redes sociales digitales, damos y recibimos sin intermediación del dinero, aunque haya negocios viviendo parasitariamente de ellas.

Una vez que la generación socializada profesional y laboralmente en los años noventa toma conciencia de que ha vivido para trabajar, no pasa mucho tiempo antes que el déficit de motivación se traslade al ámbito del trabajo, no sólo por el malestar y la frustración de los profesionales maduros, sino también por el descreimiento de las nuevas generaciones. En este escenario, cualquier relación laboral es más probable que la de maestro y aprendiz. Las empresas se encuentran entonces con crecientes problemas para comprometer a sus colaboradores, en un contexto en que la motivación y el compromiso a menudo son variables clave para asegurar procesos de trabajo adecuados y evitar errores catastróficos. Y entonces empiezan a proliferar errores que difícilmente pueden explicar, a no ser por una incompetencia y negligencia generalizadas.

Es obvio que el déficit de motivación no se traduce en indicadores gruesos como las ventas del comercio o las cifras globales de empleo, que son excelentes. Puesto que no dan cuenta de la crisis del modelo, esos indicadores sólo alientan cuentas alegres, pero de corto plazo. Cabe preguntarse, más allá de esas cifras, dónde están los síntomas reales de la crisis. Pero más importante aún es  preguntarnos qué sociedad queremos ser y qué propuestas institucionales, sociales y organizacionales pueden llevarnos más allá de la crisis del modelo.