jueves, 7 de agosto de 2014

Del apocalipsis al genocidio: el Noé de Aronofsky.

A dos semanas de haber visto la película "Noé" y ya superado el trauma estético, empiezo a entender qué clase de proceso mental hay ahí. "Noé" es una película conservadora, dirigida a ese tipo de personas que no cree en la evolución, sino en el relato bíblico de la creación. Su único rasgo de modernidad es lo visual, el CGI de su puesta en escena. De otro modo, ¿qué necesidad había de remontarse hasta la creación o hasta Adán y Eva? Al hacerlo, define un relato que parece un comic, similar a las mitologías ficticias en que creen los seguidores de la Cientología, que en Hollywood hay hartos.


Aparte del creacionismo digitalizado, la historia muestra básicamente un padre conservador en lucha con el impulso sexual de dos de sus hijos (del que tiene pareja y del que no tiene). Muestra también un conflicto étnico entre el linaje de Set (al borde de la extinción) y el linaje de Caín (numeroso y agresivo), que se resuelve en el exterminio del segundo. Y es que el diluvio es el primero de varios genocidios bíblicos legitimados a la sombra de Yahveh. Para el segundo hijo, no había otra opción de conseguir pareja que una mujer del linaje de Caín, pero obviamente eso tampoco puede permitirlo el padre represivo.

Este padre conservador está en una misión suicida, apocalíptica y ecológica: debe salvar a los animales, pero impedir que el linaje humano se reproduzca. Eso es lo que cree y es su justificación para reprimir la sexualidad de los hijos aunque sean varones. En ese empeño, llega a un furor asesino, pero se detiene tras comprender que se adelantó varios capítulos y es sólo el diluvio, no el apocalipsis. Su segundo hijo no lo perdona nunca y se marcha a vivir lejos y solo en un mundo despoblado, lo cual parece no tener ningún sentido, pero es igual que con Caín, que se marchó solo y después apareció lleno de descendencia.

Este engendro ideológico, además de ser un comic digital de la Biblia como la cree buena parte de la población estadounidense (los ángeles caídos son figurados como Ents o Transformers para cumplir esa fantasía suya de ver el poder de Dios en acción y de manera personalizada, no simplemente por torrentes de agua) nos transmite el mensaje de que el mundo no se va a acabar (ya pasamos el 2012, que es el agosto de la civilización occidental judeo-cristiana). No, lo que va a pasar es que la humanidad será refundada por los elegidos y el resto morirá. Genocidio bajo la ley de Dios (les dije que era una película conservadora).

domingo, 1 de junio de 2014

El significado del mito de la caída. ¿Qué es el fruto prohibido?


Al interpretar un mito, se debe tener en cuenta que éste, por naturaleza, ha de tener múltiples significados, incluso si consideramos sólo una misma versión. Pues aunque puede estar codificado en un texto, a la larga todo mito hunde sus raíces en una tradición oral, habiendo estado expuesto a muchas variaciones a través del tiempo y a medida que las poblaciones humanas se dispersaban. En este devenir, el mito va incorporando a menudo diferentes historias con aspectos en común, que van siendo condensadas en una sola. A la larga, la trayectoria del mito tenderá a recorrer todas las historias posibles, pero siempre conoceremos sólo algunos fragmentos que, sin embargo, pueden decir mucho sobre la totalidad, ya que representan diferentes aspectos de ella. Por lo tanto, pueden ser correctas simultáneamente diferentes interpretaciones de un mismo mito, así como la historia sigue trayectorias múltiples. Sólo es preciso relacionarlas en un contexto mayor.

El mito bíblico de la caída es sólo uno entre muchos relatos que se refieren a los mismos temas y está basado en una tradición anterior a la judía, donde fue reelaborada por un escritor anónimo al que llaman "yahvista". En líneas generales, el texto dice que Dios ha creado al hombre y a la mujer dándoles la posibilidad de comer de todo lo que ofrece el jardín del Edén, excepto el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, advirtiendo que si lo prueban, morirán. La serpiente, el más astuto de los animales, induce a la mujer a probar el fruto, arguyendo que si lo comen, no morirán, sino que se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal. Ambos, hombre y mujer, comen el fruto y "se les abren los ojos", se sienten desnudos y se cubren con hojas de higuera. Dios los descubre y sanciona a todos: primero a la serpiente, luego a la mujer y finalmente al hombre. A la mujer la sentencia a sufrir fatiga por cada embarazo y dolor por cada parto, y a ser dominada por el hombre. Al hombre lo sentencia a trabajar la tierra con esfuerzo para alimentarse, porque el suelo será maldito por su causa, hasta el momento en que retorne al polvo de donde salió. Luego Dios viste al hombre y a la mujer con túnicas de piel y los expulsa del Edén.

Este mito tiene mucho en común con el de Prometeo, el titán que entregó el fuego a los hombres causando la ira de Zeus y fue condenado por éste a permanecer encadenado en una montaña, donde un águila devoraba sus entrañas cada día, sin que pudiera morir. En ambos casos hay un tabú de origen divino que pesa sobre la humanidad y que es transgredido por un tercero que no es humano ni divino. Prometeo y la serpiente tienen en común una notable astucia y una evidente rivalidad con lo divino, pero mientras que aquél actúa además por compasión con la raza humana, la serpiente rivaliza tanto con Dios como con Adán y Eva. Por eso es que el rol del titán se entiende mejor en un marco político: es un liberador de la humanidad, que sufre el tormento por traer la luz a los hombres, rebajando a Zeus a la condición de opresor. En cambio, el rol de la serpiente se entiende mejor en un marco familiar: es como la hermanastra de los cuentos o el hermano mayor que envidia al más pequeño por ser el predilecto del padre.

El mito de Prometeo no sólo es más abiertamente político, sino que da por establecido el patriarcado. Por el contrario, el relato bíblico se esmera en establecer y legitimar la subordinación de lo femenino a lo masculino: primero en la secuencia de la creación, donde Adán es creado primero y Eva sale de su costilla; luego en la jerarquía de la culpa, pues la mujer come primero el fruto prohibido y la sentencia va del más al menos culpable, poniendo al hombre al final; finalmente, en la maldición específica dirigida contra Eva, que la subordina a Adán. 

Existe un mito paleosiberiano, del pueblo llamado nivkh o nivejí (gilyak para los manchúes) que habitan en la cuenca del río Amur, citado por Robert Gordon Wasson, que no parece tener un guión político ni patriarcal. Se trata de dos hermanos primordiales que deciden ir a explorar su mundo en diferentes direcciones. El hermano menor encuentra un gran alerce que se eleva hasta el cielo, en cuya base hay comida cultivada por alguien desconocido. Prueba la comida y guarda un poco para dársela al hermano mayor. Al día siguiente, ambos van juntos hacia el alerce y se encuentran con dos seres celestiales, un pajarillo de plata y otro de oro, que son los amos del árbol y declaran ser los amos de la comida.

Salta a la vista que el mito nivkh sólo trata de la iluminación o adquisición de un conocimiento relacionado con lo divino; no hay rivalidades entre los hermanos, no hay tabú ni sanción alguna. No podríamos llamarlo "mito de la caída", porque los hermanos buscan conocer su mundo y se encuentran con el árbol que comunica la tierra con el cielo, prueban la comida que está a sus pies y luego se encuentran con dos seres celestiales. Aunque el relato acaba aquí, nada indica que pudiera haber un desenlace adverso, pues no se formula nunca la prohibición ni la advertencia.

Robert Gordon Wasson cita este mito porque identifica la comida a los pies del árbol como un hongo que vive en relación simbiótica con las raíces de las coníferas como alerces, abedules y pinos, lo que se denomina "micorriza". Descubre también un patrón común en los relatos que hablan del árbol del conocimiento o de la vida. La comida o el fruto asociado a estos árboles siempre es mencionada sin identificarla o mediante algún eufemismo, lo cual es señal de que existe un tabú. 

El hongo es el agárico matamoscas (Amanita muscaria), cuyo principio activo (muscarina) estimula el sistema nervioso parasimpático, induciendo estados alterados de conciencia. En grandes dosis, puede producir la muerte. Por lo tanto, la amenaza de Yahveh a Adán ("el día que comieres de él, morirás sin remedio") puede tener una doble significación: advertencia contra el uso impropio del fruto prohibido, que puede causar la muerte; pero también, la amenaza de que la transgresión se castigará con la muerte. Advertencia médica y amenaza política condensadas en una sola sentencia.

Tal como Heinrich Schliemann hizo una fortuna como negociante y banquero, para después dedicarse a su verdadera pasión y demostrar con sus propios medios que la Ilíada decía la verdad en cuanto a la existencia de Troya; de manera semejante, Gordon Wasson, también banquero, emprendió con su esposa Valentina Pavlovna Guercken una investigación propia sobre el uso ritual de los hongos en diferentes culturas, descubriendo que el fruto prohibido del Génesis no era necesariamente una invención poética. 

Los bosques siberianos de coníferas parecen muy alejados del entorno árido de los pueblos semíticos, pero hay una explicación que se corresponde con el relato de la expulsión del paraíso en su doble dimensión de castigo dirigido a la mujer (subordinación al hombre y maternidad doliente) y de castigo dirigido al hombre (relación adversa con la naturaleza). Hace unos 4.500 años, la región del Sahara no era un desierto, sino una región con bosques y sabanas, donde el agárico matamoscas podía crecer. La desertificación significó a la vez la pérdida del hongo y de las fuentes de alimento en general, pero además el surgimiento de prácticas de crianza y relaciones entre géneros muy violentas, a raíz de las duras condiciones de vida, como indica la extensa investigación liderada por el antropólogo James DeMeo. 

En una cosmovisión donde las catástrofes naturales son atribuidas a la ira de los dioses, no es extraño que una crisis ambiental de tales proporciones haya sido interpretada como el castigo a una transgresión. Esta clase de explicación es retroactiva; responde a la pregunta "¿qué hicimos mal para merecer esto?" A partir de la crisis, los mitos se reformulan para explicar cómo y por qué sucedió, y se formulan prohibiciones para impedir que suceda lo mismo o algo peor. Cuanto más traumática sea la experiencia, mayor será la rigidez de las prohibiciones y los rituales que se creen para prevenir su repetición.

Las causas y los culpables en el relato bíblico son múltiples: el fruto mismo con su potencial mortífero, la serpiente por subvertir el orden divino, la mujer por dejarse persuadir y el hombre por seguir el consejo de la mujer. ¿Adónde nos lleva esto? Si el fruto aún está disponible, debe regularse estrictamente su acceso, prohibirlo totalmente o incluso sustituirlo por un placebo inofensivo. La serpiente podría representar efectivamente a la sexualidad, cuyo ejercicio libre estaría vinculado a la curación y la renovación, todo lo cual debe ser reprimido. El hombre debe dominar a la mujer y sus roles diferenciarse estrictamente.

Lo más probable es que los mitos que alimentan el relato bíblico hablen de la crisis socioambiental ocurrida hace miles de años con la desertificación del Sahara. Sin embargo, el relato bíblico como reelaboración de esos mitos, tiene su propia interpretación política, además del establecimiento y legitimación del patriarcado. Yahveh es el sacerdocio que se ha apropiado del hongo y controla quiénes pueden ingerirlo y en qué condiciones; el hombre y la mujer son la gente común, excluida de ese consumo ritual o postergada hasta su iniciación; la serpiente es un agente subversivo que desafía el monopolio sacerdotal sobre el hongo. La expulsión del Edén significa que el acceso al hongo desaparece definitivamente.











jueves, 22 de mayo de 2014

¿Defensores de la vida? La gran contradicción conservadora

No recuerdo a nadie que encarnara más evidentemente que Jaime Guzmán la contradicción de llamarse "defensor de la vida" por penalizar el aborto y a la vez justificar la legitimidad de la pena de muerte. Pienso que esa contradicción explica la ambivalencia de Guzmán hacia las violaciones de los derechos humanos. Y nace de una concepción tortuosa de la libertad.

Cuando la fe se deposita en la autoridad en vez de la libertad, nuestro albedrío se vuelve un medio para un fin: en realidad lo que tenemos que hacer es elegir el bien, la verdad, Dios. Todo lo demás es un error que debe evitarse y precisamente aquí entra en juego la autoridad para prohibir, para restringir nuestra libertad por nuestro propio bien.

Si le diéramos al menos el mismo crédito a la libertad que a la autoridad, tendríamos que objetar que la libertad es un bien en sí mismo y no un medio para otro bien. Que interferir esta libertad en su expresión más elemental es un abuso de poder que genera un daño moral, que impide crecer, aprender, volverse autónomo. Que es una forma de castración que impedirá la realización del ser humano.

Este gran legislador o Moisés criollo que fue Jaime Guzmán, tenía que defender el derecho del cigoto a nacer porque es una vida para Dios, un alma con opción a la salvación, cuyo sentido no es vivir para sí, sino para algo superior. Y a la vez, el condenado a muerte, como es culpable de un pecado mortal, tiene en la pena capital su mayor oportunidad de arrepentimiento y redención, de volver a ser para Dios, al igual que el famoso ladrón crucificado que se apiada de Cristo.

En esa misma lógica, las víctimas de la dictadura, en la medida en que eran marxistas y enemigos de Dios, tenían que enfrentar sus propios suplicios para tener oportunidad de redimirse, aunque al hacerlo murieran. Esta épica le permitía a nuestro Moisés sacrificar a sus adversarios políticos para que Chile fuera, ahora más que nunca, una teocracia: el pueblo de Dios. A pesar de esta justificación general, Guzmán no era tan ingenuo para ignorar que sus cruzados no eran puros y que entre ellos había agentes del mal que matarían y torturarían por motivos impíos, ajenos a la fe.

Esta contradicción, jamás resuelta, estaba arraigada profundamente en la existencia del legislador. Diseñó la constitución de un país imaginario donde los cruzados de Dios ajusticiaron a los marxistas infieles, pero en la vida cotidiana el verdadero enemigo interno manchaba el proceso con la sangre de sus crímenes. La mitología y el pragmatismo cohabitaban en pecado, amenazando con derrumbar el sentido de su vida pública, la misión a la que se sentía llamado. También, la autoridad a la cual sometía su vida privada, negándole el ejercicio libre de su sexualidad. No es extraño que terminara plantando cara a su propia sentencia de muerte, dictada en las sombras.

En Chile ya abolimos la pena de muerte de manera irreversible, aunque la mentalidad popular no dudaría mucho en restablecerla, debido a la fuerte sensación de impunidad en toda clase de crímenes. La resistencia a legitimar el aborto dentro de las condiciones de una discusión democrática se explica porque está en el corazón del proyecto autoritario, que una vez liquidado, quedará expuesto no sólo en su horror criminal, sino en su radical absurdo.



POST SCRIPTUM: EL INCOMPRENDIDO

Hace bastante tiempo que me intereso en Jaime Guzmán, en mi opinión un incomprendido a quien es preciso comprender debido a su tremenda influencia en nuestro devenir político. Es un incomprendido por sus propios adeptos que lo mitifican interesadamente, como suele ocurrir con los fundadores de cualquier movimiento -de lo cual probablemente no hay ejemplo más contundente que el cristianismo y su mitificación de Jesús, al servicio de doctrinas que se alejan de su mensaje hasta el punto de contradecirlo sin asco. Pero también es un incomprendido por sus adversarios políticos, la izquierda, que lo demonizan (o deshumanizan) y, al hacerlo, cometen el mismo error que Guzmán cometió con ellos.

En el intento de comprender a este legislador que nos fue impuesto por la dictadura, me he ido formando la convicción de que a Jaime Guzmán hay que interpretarlo desde su antagonismo con Allende, no tanto desde la perspectiva de un conflicto personal como desde una oposición arquetípica. Uno es austero, católico y casto; el otro gozador, masón y amante. Representan dos concepciones opuestas de la vida, dos jerarquías de valores muy diferentes. Planteada esta comparación, resulta que personajes como Pinochet o, para extremar más el argumento, el Mamo Contreras, se prestan más fácilmente a la demonización porque lo que resalta en ellos no son visiones de mundo ni valores, sino rasgos de carácter como el resentimiento de clase y la astucia del primero o el sadismo del segundo. Pero por lo mismo y por grande que fuere su influencia, no tienen la gravitación cultural y simbólica de Guzmán o Allende, sino que cumplen un rol mucho más instrumental.

El antagonismo entre las visiones de Guzmán y Allende es tan gravitante en la vida política de Chile, que se puede afirmar que el primero diseñó la Constitución de 1980 como un dispositivo que impidiera no sólo que la izquierda marxista pudiera llegar al poder con un tercio de los votos (como ocurrió con la Unidad Popular en el marco de la Constitución de 1925), sino que, de lograr mayoría absoluta, la derecha pudiera, con su propio tercio histórico de votación, ejercer veto sobre todas las materias importantes. La Constitución de 1980 es en gran medida una dispositivo que previene un nuevo gobierno como el de la Unidad Popular y como tal ha funcionado durante 24 años y 5 gobiernos. 

Curiosamente, Jaime Guzmán es santificado por la derecha y demonizado por la izquierda, sin que ningún sector se moleste en comprender su conflicto existencial y humano, ni mucho menos su traducción a nuestra institucionalidad. Hasta aquí, ese esfuerzo de comprensión está parcelado entre quienes investigan su obra intelectual y la notable puesta en escena teatral y cinematográfica por parte de su sobrino, Ignacio Santa Cruz, que descorre los velos de múltiples prejuicios, pero por lo mismo resulta prácticamente censurado por los medios de comunicación. Si quien estableció el marco fundamental para el ejercicio de las libertades en nuestra sociedad fue en realidad un homosexual que no se permitió vivir su sexualidad sino que optó por el celibato, justificándose en un fin superior, no debe extrañarnos que nuestros derechos ciudadanos sean constantemente obstaculizados y conculcados, porque tal institucionalidad es una coraza que cada vez se siente más estrecha.


lunes, 4 de noviembre de 2013

¿Está añeja la diferencia entre izquierda y derecha?

Estamos ante una elección presidencial con 9 candidatos, de los cuales 2 corresponden a los grandes pactos que han dominado la política postdictadura y 7 a candidaturas alternativas. Cuando a estas últimas se les pide definirse dentro del espectro político tradicional izquierda/derecha, a menudo responden señalando que tales categorías están obsoletas, ya sea desde una posición ecléctica de "tomar lo mejor de cada lado" y disputar así el "centro", o desde una posición crítica hacia ambos polos.

Comoquiera que sea, el lugar común de las candidaturas alternativas es la crítica al elitismo del "duopolio", que es como denominan a las dos grandes coaliciones de la política chilena. Se acusa a esta élite política de pactar todo a espaldas de la ciudadanía, sin que existan diferencias profundas entre un bando y otro. Las principales líneas argumentativas que sustentan esta acusación son las siguientes:
  • Indiferenciación moral. Ambos pactos enfrentan acusaciones graves de corrupción, conflictos de interés y escasa renovación de sus cuadros políticos. En suma, desde malas prácticas (al decir del precandidato Velasco) hasta delincuencia de cuello y corbata (al decir de Miranda).
  • Indiferenciación en el modelo de desarrollo. La Concertación no sólo administró el modelo económico heredado de la dictadura, sino que lo profundizó, teniendo como consecuencia el aumento de la desigualdad y la degradación de la educación, la salud y el ambiente en beneficio del lucro de una minoría.
  • Indiferenciación en el modelo político. El gobierno de Ricardo Lagos modificó la Constitución del 80, pero mantuvo inalterados los mecanismos que permiten a la derecha vetar cualquier cambio profundo en la institucionalidad.
  • Indiferenciación en la práctica respecto de los problemas de derechos humanos. La diferencia histórica frente a la dictadura y específicamente a las violaciones a los derechos humanos, aparece como una dramatización a la que se recurre en episodios de polarización, pero que no tiene consecuencias en la acción. La Concertación pactó cierto grado de impunidad con los militares, al punto que, paradójicamente, es el gobierno de derecha el que cierra el Penal Cordillera por mantener en condiciones privilegiadas a condenados por delitos de lesa humanidad. Más grave aún, se acusa a los gobiernos de la Concertación de continuar violando los derechos humanos en el marco del conflicto mapuche, entre otros casos.
  • Indiferenciación valórica. Ambos pactos mantienen una polémica interna respecto de temas como el aborto, la despenalización de la marihuana y el matrimonio homosexual, donde se enfrentan sectores liberales y conservadores. En rigor, esta crítica no implica que ambos bandos sean iguales, sino que las diferencias en estos temas llamados valóricos no están alineadas con las diferencias entre coaliciones; son diferencias al interior de cada pacto. De hecho, el eje liberal/conservador no se corresponde tan claramente con el eje izquierda/derecha como con la diferencia intergeneracional, esto es, entre jóvenes y viejos. El liberalismo en los valores no necesariamente va junto con, por ejemplo, una crítica al modelo económico; pero sí sucede que el conservadurismo más duro se encuentra justamente en la ultraderecha.
La crítica antielitista subyace a declaraciones tan disímiles como "no soy político" (Parisi) o "soy pueblo" (Miranda). Si la izquierda y la derecha son contendores en una arena política controlada, arreglada para un espectáculo que mezcla golpes reales y fingidos sin jamás cuestionar la estructura ni a los dueños del circo, entonces la  primera definición política de una candidatura es si tiene un lugar permanente en la institucionalidad o tiende a ser excluida por ella.

La línea divisoria entre la política institucional y la política excluida fue trazada en la Constitución del 80 y permaneció intacta tras la reforma de 2005. Por lo tanto, el duopolio ha jugado dentro de las reglas establecidas en dictadura, que permiten a la derecha ejercer un veto eficaz sobre las propuestas de su adversario. Así fue que la Concertación se vio forzada durante sus dos décadas de gobierno a negociar todas las iniciativas con la derecha, independiente de si sus iniciativas eran o no de tinte izquierdista. Esta situación permitió a la derecha mantener su perfil ideológico, mientras que el de la Concertación se tornó ambiguo. En consecuencia, el duopolio es una entidad derechizada, simplemente porque funciona dentro de las reglas diseñadas por Jaime Guzmán en dictadura.

Esto también tiene un correlato en la ciudadanía: no sólo la indiferencia política ha aumentado después del retorno a la democracia; también esa indiferencia es mucho más aguda en los sectores de menos recursos. Mientras la derecha logra la adhesión mayoritaria de los segmentos más acomodados de la sociedad, la izquierda no logra en la misma medida la adhesión de los segmentos más populares. El polo ideológico derechista es el único claramente definido y representativo de un sector de la sociedad. En cambio, el polo ideológico izquierdista se diluye en la ambigüedad o se fragmenta en perspectivas definidas pero minoritarias.

Puesto que el duopolio es una entidad derechizada, el situarse "fuera" y a la "izquierda", puede resultar electoralmente contraproducente porque finalmente cristaliza para las mayorías en "ultraizquierda", es decir, en una posición demasiado lejana al centro, que es la mesa de operaciones de la democracia. Una agrupación ultraizquierdista no se sienta a la mesa, sino que patea el tablero; por consiguiente, no cosecha más que migajas en las elecciones. Quienes se presentan a elecciones no tienen incentivo para definirse "izquierdistas" si ya son afuerinos, a menos que su propósito sea testimonial o discursivo. La ultraderecha no enfrenta esta dificultad porque no está fuera de la institucionalidad, sino refugiada en lo más recóndito de la misma, promoviendo el veto a las transformaciones profundas. Y está allí debido a la acción histórica de poderes fácticos, oscuros, que no dan cuenta a la ciudadanía de sus actos.

¿Qué pasa entonces con la tradicional división entre izquierda y derecha? En primer lugar, esta diferencia se debilita al interior de la institucionalidad porque hace jugar a ambos bandos bajo las reglas creadas en dictadura, filtrando la actividad legislativa según el criterio de la derecha y aislando o expulsando del sistema político a los disidentes. Para diferenciarse de la derecha en la política chilena, es necesario desafiar la barrera de entrada generada por la Constitución dictatorial; hasta ahora, quien ha llegado más lejos en esta dirección ha sido Enríquez-Ominami en la elección presidencial 2009.

En segundo lugar, la crisis de identidad de la izquierda se debe también a que, después de quedar huérfana de los referentes de la Guerra Fría, ha emergido una multiplicidad de demandas de transformación social que hasta ahora no han podido converger en un tronco común. Aunque algunas de estas demandas están siendo recogidas en el programa de la Nueva Mayoría, que además incluye ahora al Partido Comunista, otras siguen quedando al margen, particularmente las que tienen que ver con conflictos socioambientales que afectan directamente a los intereses del gran capital (empresas mineras, pesqueras, forestales, de energía y agroquímicas). En consecuencia, la izquierda seguirá existiendo dentro y fuera, articulándose desde la institucionalidad que la debilita y tejiéndose desde los movimientos sociales.



viernes, 2 de agosto de 2013

Noche en la ciudad: el fracaso del modelo sociocultural de Jaime Guzmán



El modelo sociocultural de Jaime Guzmán fracasó antes de que su sistema político entrara en crisis y que su modelo de desarrollo se cuestionara públicamente.

Ese modelo sociocultural es el de una gran comunidad jerarquizada, integrada a través de la adhesión a un estilo de vida religioso y moralizante, unificador de una sociedad con roles nítidamente diferenciados para hombres y mujeres, ricos y pobres. Una sociedad donde se ejerce un fuerte control psíquico, por lo que su unidad fundamental no es el individuo, sino la familia, como establece la Constitución del 80, pues es la encargada de formarlo. Un estilo de vida que Jorge González captó con notable agudeza en la canción “Noche en la ciudad” (Los Prisioneros, álbum “Corazones”, 1990).

Este era el ideal de Jaime Guzmán. El sistema político que él diseñó siempre ha sido apenas un instrumento, un mecanismo de defensa contra las fuerzas que amenazan la supervivencia y la eventual expansión de esa gran comunidad, que recuerda a los colonos alemanes en el sur de Chile.

El modelo de desarrollo que Milton Friedman y los Chicago Boys implementaron en Chile, en cambio, tiene una inspiración muy diferente: la creencia de que el Estado es la máxima amenaza para la libertad del individuo, que se entiende ante todo como una libertad económica. Pues es esa libertad la que se considera capaz de generar algo, a saber, la riqueza o el desarrollo, a diferencia de unas libertades políticas que parecen más bien abstractas y estériles.

El modelo sociocultural conservador y el modelo de desarrollo neoliberal están casados por conveniencia bajo la institucionalidad diseñada por Jaime Guzmán.  No hay entre ellos una afinidad electiva como la que Weber descubrió entre la ética protestante y el espíritu del capitalismo. El catolicismo del gran empresariado chileno no motiva comportamientos económicos virtuosos, sino que incluso parece estar en la raíz de algunos vicios.

La amenaza de un Estado demasiado poderoso, que para Hayek, padre del neoliberalismo, era sobre todo el Estado nazi, Jaime Guzmán no la veía tanto en un Estado fascista como en un Estado marxista. En su lucha contra la Unidad Popular, abrazó el fascismo considerándolo un mal menor que el marxismo. La Unidad Popular es el enemigo común, la excusa para que los neoliberales redujeran y saquearan al Estado chileno y para que Guzmán le impusiera la camisa de fuerza de una constitución que permitiría transitar hacia una democracia a medias, restringida, calibrada para sobrerrepresentar a los conservadores.

Así, el sistema político chileno fue concebido para impedir una nueva Unidad Popular, como un reflejo invertido de ésta. Si antes un tercio del electorado pudo elegir un gobierno revolucionario, ahora un tercio del electorado puede vetar cualquier transformación profunda. Las reglas del juego favorecen a la minoría conservadora. ¿Y a qué juegan ellos? A un modelo de desarrollo cortoplacista, no sustentable, donde se busca la acumulación rápida de capital a partir de la sobreexplotación de recursos naturales y su transformación en activos financieros. Todo esto legitimado, en un principio, por el estilo de vida de los ricos conservadores religiosos.


Si Jaime Guzmán no hubiera sido asesinado, habría podido presenciar la descomposición de la élite conservadora a partir de los años noventa bajo los embates sucesivos de: 1) los nuevos ricos o arribistas que invadieron los lugares de residencia y vacaciones tradicionales de la clase alta; 2) la globalización de las telecomunicaciones y sobre todo Internet, que volvió impotente a la censura local; 3) la consagración del laicismo político, con las elecciones de un presidente agnóstico en cuyo mandato se aprobó la ley de divorcio, y de una mujer presidente, madre y soltera;  y 4) los escándalos sexuales que expusieron el lado sombrío de la gran comunidad, empezando con el caso Spiniak y marcando un hito con el caso Karadima.


Las sombras de la comunidad estuvieron ahí desde hace décadas. Mientras Jaime Guzmán formaba a los jóvenes líderes de la Unión Demócrata Independiente en seminarios impartidos en Colonia Dignidad, allí mismo se practicaban sistemáticamente abusos sexuales a niños y adolescentes. Se configuraba una realidad dual, un sistema que produce a la vez civilización y barbarie y donde hay operadores que actúan y hacen transacciones entre ambos mundos, personas que hacen el “trabajo sucio” para que otros puedan lucir y sentirse puros, como los matarifes que hacen posible que una señora de alcurnia pueda comer su filete bien cocido, sin vestigio de sangre ni de violencia. Guzmán supo de la existencia de la barbarie, personificada en Manuel Contreras, pero pienso que nunca comprendió cabalmente su conexión íntima y tal vez necesaria con la civilización que él valoraba. La derrota de su modelo sociocultural es la principal evidencia de ello: si hubiera comprendido la necesidad profunda de la barbarie para sostener esa clase de civilización represiva, si hubiera percibido la densidad de las sombras que lo rodeaban, habría sabido que su lucha por la gran comunidad era vana y sería instrumentalizada por los poderes económicos. Pero no podía comprenderlo sin iluminar sus propias sombras: las sombras de su relación con el cuerpo y la sexualidad.


"Es una noche ideal en la ciudad
la gente reza en sus mesas con gran piedad
todas las cosas que se hacen son por amor
y sólo esposos y esposas bajo el signo del señor

Control remoto y el sillón la tranquilidad
al final de la jornada qué comodidad
sin elementos negativos salvajes y tal
que nos alteren el programa que elegimos usar

Todos vecinos, todos sanos,
todos comiendo cosas ricas
sin decisiones de esas gentes
que no aportan a la vida 

Y sin moteles sin borrachos sin ociosidad
sin la mentira ni el engaño ni la falsedad
y a las doce todos deben reposar
para mañana en la mañana madrugar

Es una noche ideal de la ciudad
como si fuera una tarjeta de navidad
es tan justa la gente, es tan de su hogar
que no puedo aguantar las ganas de vomitar" 


(Jorge González)


miércoles, 1 de mayo de 2013

Sobrecalentamiento de la política. Los dos grandes errores estratégicos de la clase política chilena.

Los dos grandes errores estratégicos de la clase política chilena han sido acortar el período presidencial de 6 a 4 años sin relección (2005) y pasar el voto obligatorio con inscripción voluntaria al voto voluntario con inscripción automática (2012).

¿Por qué se abrevió el período presidencial sin permitir la reelección? El argumento oficial a favor de un período de 4 años es que así las elecciones presidenciales y parlamentarias pueden ser simultáneas, pero esto no explica por qué se mantuvo el impedimento a la reelección. Como fue una reforma discutida y aprobada en el último año de gobierno, lo más probable es que haya estado muy influida por cálculos electorales. Para el entonces presidente Ricardo Lagos, que en ese momento gozaba de altísima popularidad pero no podía reelegirse, acortar el próximo mandato sin duda facilitaría su regreso a La Moneda. 
Hasta el momento, la derecha jamás había ganado una elección presidencial postdictadura, por lo que permitir la reelección no la favorecía en absoluto. En ese momento, Michelle Bachelet ya era la candidata del oficialismo con una insólita popularidad en las encuestas, pero no era reconocida como líder natural dentro de su propia coalición, que más bien la utilizaba como mascarón de proa para seguir en el poder. 
En ese escenario, todos estuvieron de acuerdo en que el próximo período presidencial mejor pasara rápido. Tanto Lagos como la derecha estimaron que en 2010 tenían su mayor chance de ganar el gobierno. Pero Lagos se equivocó rotundamente, pues dejó una bomba de tiempo. La fallida puesta en marcha del Transantiago generó un malestar tan grande en la población capitalina, que destruyó su popularidad en pocos meses. El fracaso del sistema de transporte público ideado por Lagos implicó un comienzo durísimo para el gobierno de Bachelet, que sólo pudo abordar su propio programa de gobierno, la red de protección social, mucho después. Pero en tanto Lagos sepultó definitivamente su popularidad, Bachelet recuperó e incrementó la suya. Irónicamente, la reforma que pavimentaba el camino de regreso de Lagos al poder, sirve ahora para que Bachelet retorne en 2014.

Más allá de los cálculos políticos correctos o incorrectos, el período presidencial de 4 años sin reelección fue un profundo error de la clase política, porque aceleró la dinámica electoral y redujo las posibilidades de los gobiernos de sacar adelante políticas de largo plazo. Entre la instalación de un gobierno y la campaña electoral para el siguiente, sólo hay entre uno y dos años de verdadera concentración en las políticas públicas.
Hacer elecciones más seguidas es pedirle más a la ciudadanía y darle menos. Es pedirle más porque el voto responsable supone atención, información y discriminación entre alternativas, es decir, supone una carga moral que las personas pueden aceptar total o parcialmente, o bien rechazar. Es una petición de legitimidad que tensiona la relación entre los ciudadanos y la política. Y es darle menos porque, al haber elecciones más seguidas, los gobiernos se ocupan menos de sus labores públicas y más de la supervivencia electoral.


Esta mayor exigencia de legitimación es una semilla de autodestrucción en una institucionalidad política que no fue generada ni validada consensualmente y que mantiene mecanismos de representación política altamente distorsionados como el sistema binominal, que si bien no se aplica a la elección presidencial, limita seriamente las posibilidades de un gobierno para hacer cambios profundos. Es como pedirle al ciudadano que participe más frecuentemente de un juego donde los dados están cargados. Si la presidencia de la república fuera inmediatamente reelegible, ese ejercicio podría hacerse sin esfuerzo en la medida en que el ciudadano sintiera que todo está bien; y si no fuera así, tendría sentido ejercer el derecho a elegir para producir un cambio.
Si en estas condiciones, el ciudadano puede abstenerse de votar, es probable que lo haga. Y esta abstención no será por conformidad, sino por disconformidad: por el sentimiento de que las cosas están tan mal, que el voto no tiene sentido alguno. Y aquí entramos al segundo error de la clase política: la inscripción automática con voto voluntario.


¿En qué estaban pensando los parlamentarios al aprobar la inscripción automática y el voto voluntario? El argumento para la inscripción automática es bastante obvio. Al abrirse los registros electorales al término de la dictadura, la población en edad de votar se inscribió masivamente, alcanzando una tasa del 88.9% en la primera elección presidencial. Desde entonces, esa tasa tendió a disminuir hasta llegar a un 68.0% en las elecciones de 2009. Esa disminución no se atribuyó únicamente a un desinterés creciente en la política, sino también a que la obligatoriedad del voto actuaba como disuasivo: si se te ocurre inscribirte porque la próxima elección tiene sentido para ti, estarás para siempre obligado a votar, bajo amenaza de multa. La inscripción voluntaria debía luchar entonces contra la resistencia a comprometerse de por vida con el voto, pero incluso antes de eso, contra la pereza y la postergación constante frente a las prioridades de la vida cotidiana. Volverla automática eliminaría este obstáculo.

Mantener la obligatoriedad del voto una vez que la inscripción se ha vuelto automática podría parecer una carga moral excesiva para la población. El voto pasaría de ser un derecho a ser un deber. Aun así, el voto obligatorio mantiene la opción de anular o votar en blanco. Lo que asegura la obligatoriedad es que ese voto nulo o blanco no se confunda con la pereza ciudadana. ¿Por qué los parlamentarios no siguieron este camino, que en principio garantiza la estabilidad del sistema?

Mi respuesta es que aquí también influyeron los cálculos electorales de corto plazo. La clase política, en especial la derecha, temió que la inscripción automática incorporara al electorado al segmento de la población menos conservador y potencialmente más desestabilizador: los jóvenes. Como también es el segmento menos interesado en las elecciones, el voto voluntario fue la válvula de escape para que ese segmento se quedara en su casa y no alterara los cálculos electorales.
Y esto fue otro error. Porque si bien se cumplió que la participación electoral de los jóvenes fue baja en las elecciones municipales de 2011, no por ello los cálculos fueron correctos. El escenario de voto voluntario hace más probable que se abstengan quienes no tienen preferencias políticas claras o no le hallan sentido a votar, despejando el camino para la expresión de movimientos sociales que no necesariamente logran sensibilizar a la mayoría pero sí formar una masa crítica. Esto no funciona necesariamente a favor de la izquierda; eventualmente podría favorecer al sector de la UDI que apuesta a socializar políticamente a las capas populares en una subcultura fanáticamente religiosa y conservadora. Pero por el momento, el efecto del voto voluntario es agregar una cuota importante de incertidumbre al valor predictivo de las encuestas y perturbar los cálculos electorales basados en ellas. Es decir, todo lo contrario de lo que la clase política buscaba al aprobarlo.

Mi conclusión es que estos dos crasos errores estratégicos conducen al sobrecalentamiento de la política: la clase política demanda cada vez más legitimidad a una sociedad que cada vez produce menos. El plazo para enfrentar esta situación no es infinito:  mientras la presión ciudadana sigue creciendo, cobra últimamente fuerza la tesis del sobrecalentamiento de la economía, agravada por la sospecha fundada de que la inflación está subestimada. La estabilidad política que todavía tenemos (la estabilidad macropolítica) puede tener corta vida si el pilar de la economía también se desploma.








viernes, 22 de febrero de 2013

La sociedad y sus monstruos. Pederastia y pedofilia.


Es común que las noticias de abuso sexual infantil motiven comentarios indignados en las redes sociales, pero llama la atención ver comentarios del mismo tono cuando el delito es almacenamiento de pornografía infantil. Como esto puede ser la señal de una predisposición a la caza de brujas, es decir, a la persecución indiscriminada, vale la pena reflexionar sobre la diferencia entre pederastia y pedofilia; sobre todo porque el término “pedofilia” suele usarse indistintamente para denominar lo uno y lo otro.

La pedofilia es la atracción erótica y sexual hacia niños o niñas. Puesto que la madurez sexual es más temprana que la mayoría de edad legal, podemos hablar de pedofilia en sentido estricto para referirnos a la atracción hacia niños y niñas hasta la pubertad, distinguiéndola de la atracción por adolescentes (efebofilia).  En cambio, la pederastia es la conducta sexual hacia niños o niñas, que puede ir desde la seducción hasta la violación. Todo pederasta es un pedófilo, pero no todos los pedófilos son pederastas porque pueden mantener su inclinación sexual en la fantasía, obteniendo alguna satisfacción sexual mediante la masturbación y el uso de pornografía.

La pedofilia y la pederastia también se confunden a menudo con la homosexualidad, especialmente en el ambiguo terreno de la efebofilia, puesto que el o la adolescente puede ser legalmente menor de edad, pero biológicamente maduro o madura para ejercer su sexualidad. Sin embargo, la homosexualidad y la pedofilia se distinguen muy nítidamente en el ámbito jurídico-político. Mientras la homosexualidad, como inclinación y como práctica, está crecientemente legitimada en las sociedades modernas, la pedofilia y la pederastia salen cada vez más a la luz como perversiones que constituyen una amenaza para la sociedad, como algo que hay que exponer, perseguir y condenar.

Hace algunas décadas, la homosexualidad y la pederastia probablemente compartían un mismo status como perversiones. ¿Por qué la homosexualidad ha podido legitimarse y la pederastia no? Ambas son condiciones que aparentemente escapan a la libertad del individuo, ya sea que se les explique por factores congénitos o como trastornos del desarrollo. Lo que los individuos sí podrían elegir es ejercer su sexualidad de acuerdo con esa disposición, o bien reprimirla, sublimarla o desviarla hacia una sexualidad convencional, aunque sea poco satisfactoria.

El potencial de legitimación de las inclinaciones y prácticas sexuales no surge de esta libertad de segundo orden, sino de la desvinculación de la sexualidad respecto de un pretendido modelo natural. Este modelo no se ajusta a la naturaleza empírica, sino a una interpretación de la función de la sexualidad en la naturaleza, que no es otra que la reproducción como fin supremo y no el gozo, que sería un mero intermediario. Derrocada la tiranía de la reproducción, la sexualidad puede ejercerse de manera mucho más libre, pero todavía va a estrellarse contra los límites del derecho liberal: nadie puede ser obligado a una relación sexual que no desea tener. Para que una relación sexual sea legítima, debe contar con el mutuo consentimiento de los participantes y, a la vez, éstos deben ser sujetos capaces de discernimiento. La homosexualidad se legitima en cuanto cumple con estos requisitos, pero la pederastia no puede cumplirlos mientras la ley establezca que los menores de edad no tienen ese discernimiento.

En el derecho liberal, la legitimidad de cualquier práctica sexual se define negativamente. No necesita ser acorde con la naturaleza o con cualquier ideal que se promueva, sino simplemente no violar la libertad y la reciprocidad del consentimiento. Hay todavía un límite más, que se aplica a las prácticas que formalmente son consensuales y entre adultos, pero que son tan extremas que pueden suscitar la duda sobre el discernimiento del involucrado, por ejemplo, si dañan la integridad física del individuo.

La pederastia puede ser seducción del menor de edad por parte del adulto, y entonces es ilegítima por la falta de discernimiento y el abuso de poder que supone, los cuales son difíciles de demostrar empíricamente pero se configuran así por deducción a partir de principios. Si se trata de un adolescente, el caso puede ser empíricamente más ambiguo todavía, pues la búsqueda sexual de aquél o aquélla podría hacer mutua o inversa la dirección de la seducción, pero los principios seguirían aplicándose. En cambio, la pederastia que es violación, en que el adulto fuerza al menor a una relación sexual, no admite ninguna duda respecto de su ilegitimidad y es probablemente esta situación la que funciona como prototipo para la condena pública de la pedofilia en general, como tipificación de la monstruosidad sexual.

La monstruosidad, que quiere decir “desproporción”, está en la actividad sexual dirigida hacia un individuo que no ha alcanzado la madurez sexual, como primera asimetría, y se refuerza con la asimetría de poder que es la ventaja física del atacante adulto. Violar a un niño o niña es monstruoso en ambos sentidos, incluso si el victimario es un adolescente legalmente menor de edad. La monstruosidad es mayor cuanto más pequeño es el niño o niña y cuanto más viejo es el victimario.

Pero si la pederastia es tipificada más allá de la ley como una práctica monstruosa, entonces el  pedófilo convive a diario con la amenaza de lo monstruoso. Como en la licantropía, el sujeto no eligió su condición, fue algo que le sucedió; puede funcionar normalmente en sociedad hasta que se presenta la circunstancia que lo metamorfosea en depredador. El ejemplo no es casual, ya que está relacionado con el cuento de Caperucita Roja. ¿Qué debe hacer el pedófilo, este licántropo moderno, para lidiar con su condición? ¿Es sólo un monstruo que hay que perseguir, como sucedió antes con los homosexuales? ¿La imposibilidad de legitimar la pederastia implica asimismo la persecución y el ostracismo del pedófilo?

La sociedad no sólo debe hacerse cargo de la necesidad imperiosa de proteger a la infancia, sino también de su responsabilidad en la creación de monstruos. Parte de esa responsabilidad tiene que ver con intervenir, regular o limitar las actividades que contribuyen a presentar de manera erotizada la infancia con fines comerciales o incluso a que niños y niñas adopten prematuramente actitudes con significado sexual. Pero también hay otra parte que concierne al modo de tratar la pedofilia, que en ausencia de mayores distinciones, es un modo inquisitorial que expande la monstruosidad innegable de la violación infantil a cualquier forma de pedofilia, condenando al individuo aun si no actúa como pederasta. Si la pedofilia se entiende como una condición potencialmente dañina para la sociedad y disfuncional para el individuo, entonces debe ser identificada lo más prematura y menos coercitivamente posible; una vez identificada, se debe abordar con medidas de contención, control y terapia al alcance del individuo que experimenta esta condición y que puede tomar conciencia de su implicancia moral. Esto no puede suceder si lo único que hay es una persecución indiscriminada, donde todos podemos sospechar de todos y donde simplemente no hay lugar ni caminos de redención para quien padece esta maldición.